Grupo Literario formado el 27 de Abril del año 2015, con la intención de juntar a un grupo de jóvenes con diversos talentos de la literatura y unirlos en una familia literaria.
viernes, 18 de septiembre de 2015
IX
Y en una de las esquinas estaba ella, con la cabeza oculta en la grieta que formaban sus piernas unidas y recogidas ante su pecho, con el cabello suelto confundible sobre el negro de sus vaqueros. No se atreve a alzar sus ojos claros para mirarme, tiene la cara escondida en la palidez invisible y las lágrimas encerradas en sus parpados hinchados.
El cuarto que la aguardaba se conforma de 4 esquinas, las paredes eran de un color celeste teñido por las horas deprimidas y el llanto silenciado en aquel espacio, una mesa cerca de la puerta le daba un toque avivador a tan funesta escena, encima se encontraba un jarro antiguo que fue dejando su color con el pasar de los años y lo único colorido y vivo que contenía dentro eran unas flores del color que habían tenido las mejillas de ella, ella la estática, la que no me miraba. ¿Flores? ¿Por qué flores? Por muy hermosas que sean, esas flores traían tristeza, le removían un recuerdo que no quería posar en su mente, fue un sábado por la mañana con el sol tan poderoso sobre sus siluetas andantes, estaban de regreso después de 3 horas de estudio continuo.
Te la regalo ¿Es una flor para mí? Claro, sería la primera chica que te haya regalado una flor, mientras sus labios se cerraban al culminar con la frase una sonrisa tímida y curiosa se dibujaba en su tez morena. Entre memorias vagas que inundan el pensamiento y hacen desaparecer el tiempo, la noche se decidió por aparecer, la oscuridad empezó a llenar cada vacío del cuarto, alumbrando con una luz negra el reflejo de la luna que justamente se dirigía también, a lo que ella tenía al frente. Fueron en alrededor de diez horas contables, diez largas e intrascendentes horas la que ella había permanecido en la habitación su posición por mas incomoda que resultara era su única burbuja de protección, concentrada en aquella esquina el dolor parecía no tocarle. Inevitablemente la madrugada tuvo que llegar, la humedad del invierno la visito sin reparo, el frío de la garúa externa empezó a subir por sus pies descalzos y el viento que soplaba desde afuera se colaba por la única ventana acariciándole la espalda y moviendo en paralelo algunos de sus cabellos. Sin embargo, ante tal soledad, algo cálido entra en presencia, pequeña e inmóvil una luz fulgurante empieza a iluminar lo que ya era invisible.
Era una vela de un pigmento blanco humo, el tiempo la había ido derritiendo sin que ella lo advirtiera, de aquella vela solo quedaba menos de la mitad, la cera producto del calor estaba esparcida a lo largo del ataúd, con el mismo ritmo en que sus lágrimas besaban centímetro a centímetro sus pálidas mejillas. Como compañía solo tenía a la noche, las gotas de lluvia que bajaban por la ventana, y el frío que la abrazaba conforme los minutos avanzaban. Son las 12:30 y de repente la veo pararse , su camino se ve dirigido hacia aquella vela , en sus ojos puedo distinguir el deseo de llegar a ella para ser abrazada, se va acercando y conforme la lejanía que la separa de lo que tiene prendida en la mirada , sus pasos se tornan más pesados , algo perezosos y cargados de kilómetros , con duda se acerca , asienta sus manos en aquella cicatriz , y por última vez , se regresa , duda , recuerda y llora.
Autora: Mireylly Del Carmen Escobedo Vergara
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario